Pues ocurrió que hubo un día en el que los tiovivos se pusieron a funcionar solos, con los caballitos relinchando y haciéndose cabriolas. Los cochecitos girando sobre sí, a todos lados y ninguno. Los columpios se mecieron solos con el aire, muy largo y alto, cuanto pudieron. Y los toboganes cambiaron de color continuamente.

Todo, cada vez que una niñita como tú los miraba con deseo, porque ordenados los días querían jugar y desbaratarse, escuchar vuestras carcajadas usándolos, y que todo ese bullicio vuestro os pusiera una sonrisa en la cara, más que nunca.

Ni los perros podían acercarse a esas zonas de juegos y olisquearlos. Además, todo el mundo debía llevar guantes, de esos de plástico para coger la fruta.

Por eso, desde entonces, celebramos así el primer día de primavera. Es un día para jugar al aire libre, fue muy triste verlos vacíos. Fue un clamor general. Pero bueno…, aquel silencio ya pasó. Mañana tenemos barullo. Barullo del bueno, me pido saltar al trampolín primero, y tirarme a la colchoneta hinchable; el flotador y los manguitos. La regadera, la máquina de pompas. La mesa de almacenaje, la pistola de agua, la linterna de madera. El muelle perrito. El espejo mágico…

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