Libros de inteligencia emocional: «La mirada de Daniel»

“LA MIRADA DE DANIEL”: UNA HISTORIA REAL

La mirada de Daniel” es una colección de la editorial infantil BABIDI-BÚ que aborda los principios de la inteligencia emocional, tratados desde múltiples puntos de vista, dependiendo de la experiencia previa del autor y de cuál sea el origen de la problemática infanto-juvenil que se desea abordar.

Muchos me han preguntado de dónde viene el nombre “La mirada de Daniel”¿quién es o fue Daniel?

(Mi pequeño Daniel…). Esta es mi historia:

Daniel sería hoy un niño de ocho años que nunca llegó a nacer. Seguramente hubiera nacido en un frío día del mes de enero de 2011. Hubiera sido el esperado hijo que siempre quisimos tener mi marido y yo.

Como madre primeriza, viví mis primeros meses de embarazo con gran alegría, devorando cada momento, cada avance, cada semana, cada centímetro… Fuimos preparando cada detalle para que, tras su nacimiento, Daniel encontrara su hogar familiar.

En mi semana 22 fui a hacerme esa eco que toda embarazada espera con gran impaciencia. Parecía que todo iba bien, excepto por un pequeño detalle: solo había una única arteria umbilical. Me dijeron que no tenía importancia, que esto era normal a veces. Por lo demás, todo bien.

No obstante unos días después fui a uno de los ecógrafos más famosos de Sevilla para que me hiciera una eco pormenorizada, para quedarme más tranquila. Esta eco duró alrededor de una hora. Al principio todo fue bien, de nuevo.  Fuimos viendo cada detalle del cuerpecito de Daniel… era maravilloso.

Pero, al final del proceso, el ecógrafo se detuvo demasiado al llegar al corazón de mi bebé y en ese momento se me detuvo el mundo.

El ecógrafo había detectado una coartación aórtica severa en su corazón. Fue la peor noticia de mi vida. Pero solo sería la primera. El problema no solo era que podría tener un hijo con una cardiopatía, ojalá fuera eso (tendría al mejor equipo de cardiólogos del Hospital Virgen del Rocío cuando éste naciera para una intervención de urgencia), el caso es que esta cardiopatía podría ser el síntoma de algo mucho peor: una alteración cromosómica.

Cuando salimos del ecógrafo comenzaron las seis semanas más duras de mi vida. Mi marido y yo fuimos inmediatamente a ver a mi ginecólogo para darle el diagnóstico y que él nos diera algo de luz… buscando la esperanza debajo de las piedras.

Su cara de preocupación fue infalible. Inmediatamente nos derivó a una amniocentesis. Tras esta, tuvimos que esperar varias semanas los distintos resultados que llegaron a cuentagotas, superando distintas posibilidades de alteraciones cromosómicas. Los primeros resultados fueron normales, pero aunque la alegría de los negativos nos dio un poco de paz durante algunos días, tuvimos que seguir esperando con cautela. Imaginad esta lenta espera en la que los minutos parecían días….

Mientras tanto, por embarazo de alto riesgo, empezaron a hacerme seguimiento en el Virgen del Rocío. En las ecografías semanales, todo se veía normal en mi bebé. En ellas, me parecía el bebé más bonito del mundo.

Solo me quedaba recibir el último resultado para haber superado todo, aunque sabía que tendría un bebé que directamente, después de su nacimiento, iría a un quirófano para ser operado del corazón. Eso ya me daba igual. Me imaginaba abrazándolo con todos esos cablecitos y muchas esperanzas. Pero sobre todo muchas ganas de verle los ojos a mi bebé, que iba creciendo poco a poco en mi barriga.

Una mañana me despertó el teléfono. Después de un “diga» aterrador escuché la voz de mi ginecólogo que me dio la noticia más triste de mi vida. “Marta, tenemos que hablar, hemos detectado una alteración cromosómica. Llama a tu marido y venid…”. Colgué el teléfono y escuché mi grito desde otra dimensión. En ese momento, todas mis esperanzas de las últimas cuatro semanas habían quedado inundadas del dolor más absoluto.

Una alteración del cromosoma 14 hacía que la vida para mi bebé fuera imposible más allá de tres o cuatro años, junto con una afección pulmonar, cardiopatía grave, problemas de piel, posibles malformaciones, y muchos etcéteras.

Durante las siguientes dos semanas luché por encontrar la esperanza donde casi ya no la había, buscando opiniones de otros profesionales. En el Hospital Virgen del Rocío me realizaron una cordocentesis, para corroborar el resultado y, tras escuchar a distintos profesionales médicos, comprendí, después de mucho, mucho meditarlo, que debía despedirme de mi hijo y no dejar que naciera.

Si hubiera sido una alteración cromosómica leve, como el síndrome de Down, lo hubiera tenido y hubiera sido la madre más feliz, pero la alteración del cromosoma 14 en anillo, como así se llamaba esta alteración, se nos escapaba a todos, a nosotros como padres y a los médicos que estaban en los alrededores.

El equipo médico del Virgen del Rocío nos aconsejó que interrumpiéramos el embarazo… Yo dudé y lloré durante otras dos semanas, y busqué desesperadamente alguna luz para conseguir tenerlo entre mis brazos, aunque estuviera enfermo. Pero lo quería demasiado ya como para ser tan egoísta con él, por traer al mundo un bebé que nunca tendría la posibilidad de ser feliz. Todos los médicos que me vieron esos días me daban una esperanza efímera… y cuando digo efímera, digo dolorosamente efímera.

Fue la decisión más difícil de mi vida, renunciar a mi deseado hijo por amor. Mi amor de madre quiso dejar que se marchara al universo de donde había venido para que fuera libre y no esclavo de un cuerpo enfermo desde su nacimiento.

Aunque siempre supe, y ahora, años después, que su mirada, aunque nunca hubiera visto la luz del sol como la ven los niños que nacen, era una mirada pura y llena de luz, una mirada que va más allá de nuestra comprensión, de la comprensión de las emociones de los que hemos nacido. Su mirada cambió mi vida.

Mi hijo, Daniel, nació de mí dormido un 30 de noviembre de 2010. Su cuerpecito de 1 kilo tardó en salir de mi cuerpo más de 12 horas. 12 horas de dolor físico y del alma. Él fue mi primer hijo.

Aunque nunca llegó a ver la luz del sol, nos dio una mirada del mundo que muchos nunca tendrán. Por eso, le debo tanto a mi hijo Daniel, porque, a parte de darle nombre a la colección que engloba todos los cuentos de inteligencia emocional que ayudan a otros niños, nos enseñó que el amor va mucho más allá del contacto físico y que el pequeño aleteo de su vida, su corta vida, dentro de mi barriga, me convirtió en la mujer que soy ahora.

Él me enseñó a luchar, me enseñó a fracasar, me enseñó a resistir, me enseñó que hay luz después de la oscuridad, me enseñó que tras aquellos meses de tanto dolor había una luz al final del camino, porque un año después nació Daniel encarnado en el cuerpo de otro niño, de su hermano Miguel. Y así, gracias a este nuevo nacimiento, pude volver a encontrar la paz y la felicidad que perdí durante aquella ecografía.

Luego mi vida se chocó de bruces contra el camino editorial infantil. Había estudiado arquitectura años atrás y nunca me imaginé editando historias para niños, pero la vida a veces te sorprende y te lanza a un futuro sorprendente por el que le encuentras un sentido a tu presente.

Tenía tanto que enseñar, tenía tanto que transmitir. Sentía que debía enseñar a otros niños lo que a mí me enseñó Daniel: “El niño con la luz más brillante del universo”, el niño cuya razón de existir nos dio una lección de vida a todos los que lo queríamos desde que fue concebido.

El pequeño Daniel sigue viviendo en cada cuento que se cuenta cada día a cada niño de la colección “La mirada de Daniel”.

Daniel vino para quedarse, aunque yo entonces no comprendía de qué manera.

Hoy sí sé que se ha quedado para mover el corazón de todos los niños que leen sus cuentos y con ellos les enseña su mirada del mundo, la mirada de los que miran con el corazón, porque los sentimientos del corazón mueven el mundo.

Cuento hoy esta historia con mucho pudor, porque es mi historia. Es parte de mi vida y parte de una vida que he querido mucho y que quiero, porque si, con el testimonio de esta experiencia vital, además de explicar el porqué de esta colección de la editorial infantil BABIDI-BÚ, puedo ayudar a alguna madre que esté o que haya pasado por una situación similar, todo tendrá un mayor sentido.

Con amor se supera todo y el amor nos espera a todos al otro lado del universo, pero tan cerca, al mismo tiempo.

Gracias Daniel, gracias por estar con nosotros, gracias por tener 8 años y gracias por hacer tan bonita esta colección que lleva tu luz y tu mirada. Gracias por haberme dejado ser tu madre.

Marta Montes.
Directora de BABIDI-BÚ.